Algunas personas fallecidas hace trece años en los atentados contra las Torres Gemelas lograron despedirse de ...
Rivas marcó un número en su teléfono. Su hija adoptiva, Linda Branigan, contestó la llamada. Minutos más tarde, la esposa del chef, Elizabeth Rivas, le preguntó a su hija: “¿No ha llamado Moisés?”. Linda respondió: “Sí, mamá, dijo que no te preocuparas. Que está bien. Dijo que te ama sin importar lo que ocurra”. Fue lo último que supieron de él. Moisés Rivas se convirtió en una de las más de 2.800 víctimas del atentado a las Torres Gemelas.
Ese mismo día, en la misma torre se encontraba la consultora internacional Melissa Harrington. La joven ejecutiva, de 31 años, llamó a su padre cuando advirtió que no podría escapar de las llamas ni del humo que sofocaba sus pulmones. A las 8:55 a.m., desesperada, Melissa se comunicó con su padre, Bob Harrington, quien tuvo que hacer un gran esfuerzo para entender lo que su hija trataba de decirle. Nueve minutos antes, el primer avión había impactado contra la torre dejando una herida de hierro por donde salía una fumarola que se elevaba sin parar sobre el cielo de Manhattan.
En los atentados a las Torres Gemelas murieron 2,973 personas.
Bob recuerda que su hija estaba muy histérica. Él le recomendó que se calmara. “Tranquilízate y cuéntame cuáles son los problemas y así podré ayudarte”, le dijo. Mientras ella le hablaba, Bob encendió el televisor y vio que el edificio donde trabajaba su hija se estaba incendiando. “Ve hacia la escalera y sal de la torre tan pronto como puedas”, le dijo Bob, tratando de conservar la serenidad. Luego, le dijo que la amaba; ella le respondió lo mismo. Entonces, Melissa le pidió el favor de que llamara a su esposo, Sean: “Dile que lo amo”.
Doce minutos después, Melissa hizo una segunda llamada, esta vez a su esposo, Sean, quien se encontraba en San Francisco. No se pudo comunicar con él pero le dejó el siguiente mensaje de voz: “Sean, soy yo. Sólo quería avisarte que estoy atrapada en este edificio de Nueva York. Hay mucho humo. Quiero que sepas que siempre te voy a querer”.
El 11 de Septiembre, algunos de quienes no pudieron hacer llamadas enviaron correos electrónicos. Uno de ellos fue Bill Kelly, de 30 años, quien desde su Blackberry le respondió un mensaje al gerente de ventas, que le había preguntado cómo se encontraba. “Hasta ahora bien –le respondió– Estamos atrapados en el piso 106, pero al parecer el departamento de bomberos llegará pronto ”.
La hermana de Bill no podía despegarse de su chat. Conforme pasaban los minutos se dio cuenta de que tenía que aceptar que su hermano moriría y no podría comunicarse más con él. Para su familia fue un alivio poderle dar la despedida, así fuese en medio de una gran tragedia.
Minutos antes de que el caos se apoderara de los Estados Unidos, en uno de los aviones secuestrados viajaba la politóloga Barbara Olson, quien se hallaba en la parte trasera de la aeronave, amontonada con los demás pasajeros. Olson desconocía el objetivo de sus captores. Alcanzó a llamar a su esposo, quien no paraba de decirle que todo iba a salir bien. Ella repetía lo mismo, como una letanía: “Todo va a salir bien”. De un momento a otro, el hombre oyó: “Te quiero”, y en seguida se cortó la comunicación. El avión donde viajaba Barbara acabó estrellándose contra El Pentágono. Ella y 183 personas más murieron.
Entretanto, en el vuelo 93 de la empresa United, Mark Bingham, uno de los pasajeros que se enfrentó a los secuestradores, llamó a su madre para despedirse. Le dijo: “Quiero que sepas lo mucho que te quiero. Te llamo desde el avión. Hay tres hombres que dicen tener una bomba”. Quince minutos después, la aeronave se estrelló en un campo de Somerset County, Pennsylvannia. Cuarenta personas murieron.



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